martes, 15 de mayo de 2012

La actitud del científico ante la Trascendencia

Gustavo Masutti Llach

El 23 de febrero de 2012 la Universidad de Oxford armó una charla – debate entre el biólogo evolutivo Richard Dawkins, uno de los ateos militantes más conocidos, y el arzobispo anglicano de Canterbury, Rowan Williams. El moderador del encuentro fue el filósofo y agnóstico declarado Anthony Kenny. Se trató de una reedición del famoso debate de 1860 entre Henry Huxley (abuelo de Aldous) y el entonces obispo de Oxford, Samuel Wilberforce, a siete meses de la edición de “El origen de las especies” de Charles Darwin.

Si bien esta nueva edición fue menos agresiva que aquella, la esencia fue la misma. Se trata de poner de un lado a la ciencia y del otro a la religión. En este caso, en “el rincón rojo” estaba Dawkins, en el azul Williams y el árbitro sería Kenny. Nunca hubo en todo el debate la mínima chance de una síntesis superadora. Como es lógico, no se llegó a ninguna conclusión y, presumiblemente, cada bando se fue con las mismas ideas que traía.

La discusión entre ciencia y Fe se hace interminable, sobre todo porque todavía parecen predominar posturas irreconciliables de ambos lados de la trinchera. En muchos casos, las visiones enfrentadas toman tal nivel de polémica que una le niega validez a la otra, casi sin tenerla en cuenta. Desde luego, siempre habrá militantes de una y otra visión del mundo que se sientan a gusto con esta pelea. Sin embargo, existe una gran “escala de grises” entre estas dos posturas extremas. Hay científicos que llevan una vida espiritual intensa, y religiosos que hasta van modificando su discurso y creencias en sincronía con los descubrimientos de la ciencia.


Ejemplos hay muchos, no hace falta traer a colación a los casos famosos, basta con mirar alrededor para encontrar a un físico rezando antes de la cena, o a un rabino leyendo el último número de Nature.

A propósito, esta revista publicó en 1998 (1) un relevamiento entre científicos que dio como resultado que apenas el 7 por ciento afirmaba creer en Dios y un 20 se declaraba agnóstico. Puede parecer descorazonador, pero existe otro estudio (2), de este año, 2012, realizado por sociólogos de la Rice University de Estados Unidos cuyo resultado fue que uno de cada cinco de los científicos que se declaran ateos se sienten espirituales. Es decir, otra vez los grises.

Dónde pararse

En 1976 Pierre Bordieu (3) expuso la teoría del campo científico, y lo definió como “un sistema de relaciones objetivas entre posiciones adquiridas; el lugar de una lucha competitiva que tiene por desafío específico el monopolio de la autoridad científica (capacidad técnica y poder social) o el monopolio de la competencia científica que es socialmente reconocida a un agente determinado, entendida en el sentido de capacidad de hablar e intervenir legítimamente en materia de ciencia”.

El sociólogo francés pinta un escenario en el cual se libra una especie de batalla cultural en la que cada facción busca imponer su verdad. No hay demasiado lugar, en esta concepción, para conceder que alguien “del otro bando” pueda tener (ni siquiera algo de…) razón.  

En ese contexto, los científicos y los hombres de Fe desarrollan sus actividades en comunidad. Y es allí donde la cosa se complica para aquellos que no están radicalizados, porque muchas veces se ven forzados a tomar partido (porque de no hacerlo podrían ser acusados de “tibios”). Puestos contra la espada y la pared, muchos optan por adoptar algún personaje que les permita esconder una parte de su verdad, sortear el momento incómodo y seguir adelante sin dejar de lado sus convicciones. Pero tampoco poniéndolas en juego.

Una máscara posible para estas situaciones es la del dios romano Jano, que tenía dos caras, hacia ambos lados de su perfil. Esta deidad era muy sabia puesto que tenía la capacidad de mirar tanto hacia el pasado como hacia el futuro. Así, el científico o el hombre de Fe podrían dividir su personalidad en dos y atender el juego según corresponda. En cada foro adaptarían su discurso y escaparían a la polémica sin traicionarse demasiado.

Otra forma bastante común es la que se puede representar con el personaje Leonard Zelig, creado por Woody Allen para la película “Zelig”, de 1983. En el filme, Zelig era conocido como “el hombre camaleón” puesto que tenía la capacidad sobrenatural de cambiar su apariencia y se adaptaba al medio para ser aceptado (llegaba a oscurecer su piel cuando lo rodeaban afroamericanos y le crecían la barba y tirabuzones de pelo cuando estaba entre judíos). Esta sería una versión un poco menos honesta que la anterior, pero el resultado sería el mismo.

El problema con estas posturas es que permiten adaptarse o pasar inadvertido, pero se esquiva lo esencial, que es el diálogo entre ambas maneras de percibir la realidad. Si se actúa de esta manera nunca se podría hallar una síntesis superadora producto del contraste de ideas a la luz de la honestidad intelectual.

Hasta que esto no suceda, aquel que desee integrar ambas posturas se sentirá como Tarzán, el popular personaje de Edgar Burroughs, que fue criado por simios hasta que contacta con la civilización. Como Mowgli, de Rudyard Kipling, Tarzán se sentirá siempre “salvaje en la ciudad y hombre culto en la selva”. Así, el resultado podría ser, metafóricamente hablando, el de Tupac Amaru II. Como el caudillo indígena del Perú del siglo XVIII, se puede terminar desmembrado por fuerzas que tiran en direcciones opuestas.

Toma por asalto

“Atacó inesperadamente, a las 9 AM cuando por error esperaba en la plataforma de una estación del tren subterráneo de Londres en la que nunca había estado antes... La vista era la del interior lúgubre de la estación, algunos edificios mugrientos, un poco de cielo abierto. Al instante toda la visión adquirió tres cualidades: Realidad absoluta, la rectitud intrínseca, el reflejo último. Sin transición, todo estuvo completo. Sí, se da la paradoja de esta visión extraordinaria. Pero no había espectador. La escena era completamente vacía, despojada de toda última prórroga de un yo - mi - mío (su nombre para el ego-yo). Desvanecida en una fracción de segundo, es la sensación familiar de que esta persona está viendo una escena de la ciudad. La nueva forma de ver es impersonal, no hace una pausa para el registro de la paradoja de que no hay sujeto humano ‘haciéndolo’. Tres percepciones penetraron en el experimentador, y cada una llevó la comprensión total a profundidades más allá del simple conocimiento: Este es el estado eterno de las cosas. No hay nada más que hacer. Ni nada que temer” (4).

Salvo por las referencias modernas a los edificios y el tren, esto podría ser parte de las memorias de un asceta cristiano del siglo XVI, de un maestro sufi del siglo XIV o de un cabalista del siglo IX. Pero no es el caso. Así relata su experiencia mística el doctor James Austin, neurólogo de la University of Missouri Health Science Center, y profesor emérito de neurología de la University of Colorado Health Science Center.

El proceso de conocimiento es aquel por el cual se pasa de una “duda” a una creencia que se legitima como verdad. Como bien explica el sociólogo estadounidense Walter Wallace (5), la ciencia es apenas una manera entre diversas formas de alcanzar la verdad y  existen al menos tres modos de llegar a ella.

El primero es el “autoritario”. Aquí algo es verdad porque lo dice alguien cuya sabiduría es reconocida socialmente, como los oráculos, ancianos, obispos, reyes, presidentes y profesores. Por su parte, el modo místico está reservado a las verdades reveladas. Es decir, proviene de los profetas, mediums, divinidades, dioses y otras autoridades cognoscibles de modo supranatural. Y como el anterior, depende de la credibilidad de quien lo enuncia, del canalizador, y claro está, de los efectos de lo enunciado.

Por último, el método científico es un sistema de procedimientos que busca conocer los hechos en forma objetiva. Proporciona reglas que permiten un camino adecuado al saber porque para conocer los hechos hay que producir conjeturas o hipótesis acerca de cómo suponemos que son los hechos. Esas reglas determinarán si esas conjeturas son correctas o no, tanto desde el punto de vista lógico (de forma) como empírico (de hecho), a partir de enunciados verificables (que puedan fundamentarse), y condiciones formales de coherencia y consistencia deductiva.

Estos procedimientos buscan la independencia de la subjetividad (no la completa objetividad) y evitan que algunos hombres se arroguen el derecho de ser los dueños de la verdad sin rendirle cuentas a nadie. Con el método científico la validez de los enunciados depende de un sistema de reglas y pasos a seguir que permiten que cualquiera sea capaz de someterlos a prueba de acuerdo a pautas establecidas y comprobar si funcionan o no.

Es real que ninguno de los métodos, ni el modo científico, ni el autoritario, ni el místico, excluyen a ninguno de los otros. De hecho, un esfuerzo típico requiere de algo de observación y método científico, algo de anotación y documentación autoritaria, algunas invocaciones a la imaginación y perspicacia ritualmente purificadas (esto es, entrenadas), y algo de inducción y deducción lógico-racionales.

Lo cierto es que ninguno de los modos puede garantizar, a la larga, que produzca más conocimiento, o un conocimiento más exacto, o más importante, que otro. E incluso a corto plazo, una determinada verdad objetiva descubierta por medios místicos, autoritarios o lógico-racionales (o, incluso, por azar) no es menos verdadera que la misma verdad descubierta por medios científicos. Sólo variará nuestra confianza en su verdad. A largo plazo, desde luego, el tiempo pone las cosas en su lugar. Ya es un lugar común decir que la historia de la ciencia está llena de anécdotas de cuestiones que parecían mágicas o imposibles y terminaron siendo reales e indiscutibles.  

Una actitud válida para el científico ante estas cuestiones es el agnosticismo, una postura que difiere del ateísmo, que rechaza la existencia de lo trascendente, y del escepticismo, que no lo afirma rotundamente pero espera ansioso poder probar que es una falacia. El agnóstico se abstiene de esos juicios. Espera ver para creer.

Ahora bien, ¿cómo debe reaccionar un agnóstico honesto ante una experiencia como la de Austin? ¿Creer sólo porque vio? ¿No creer porque no tiene herramientas para explicar qué pasó? Si aún cuando pasó la experiencia se niega a contemplar la variable de la trascendencia como posible, ya no se trata de un científico agnóstico. Es un necio.

Los desafíos

Está claro: el desafío (y nuestra propuesta) es unir y tomar lo mejor y verdadero de ambos mundos. Pero esto no es sencillo. Ir contra un paradigma requiere de una gran valentía, y en este caso hay que enfrentar a dos (el de la ciencia y el de la religión). No alcanza con “salir del closet” y asumir la condición de espiritualidad o de científico en “el campo rival”. Aquel que se zambulla en esta agua debe saber que la mirada sobre él estará cargada de prejuicios. Deberá saber el “científico espiritual” (por ponerle un nombre) que una vez revelada su condición, siempre se le exigirá un plus. Todo aquel que apuesta a la vanguardia tiene la obligación de conocer el paradigma actual. Dominar sin fisuras el canon. Einstein sabía todo sobre Newton. Picasso conocía cada pincelada de El Greco.  

Pero por sobre todo es fundamental ser honesto y valiente. Siempre es más cómodo nadar con la corriente, aunque no necesariamente sea lo correcto en todos los casos. Y los pares son merecedores de escuchar la propia verdad, sin autocensura. Porque se puede caer en el error de subestimar a la comunidad, de tomar las decisiones por ellos sin dejarlos decidir si aceptan el mensaje o no.

Es muy conocido el experimento (6) en el que se ponen seis monos en una jaula, en cuyo centro se coloca una escalera y, sobre ella, un montón de bananas. Cuando un mono subía la escalera para tomar una banana, los científicos lanzaban un chorro de agua fría sobre los que quedaban en el suelo. Al cabo de algún tiempo, cuando un mono quería subir por la escalera, los otros se lo impedían a los golpes. Al fin, nadie subía. Entonces, se sustituyó uno de los monos. Lo primero que hizo el nuevo fue subir la escalera, pero rápidamente los demás lo bajaron a golpes. Después de algunas palizas desistió y dejó de intentarlo. Un segundo mono fue sustituido y ocurrió lo mismo. El primer sustituto participó con entusiasmo de la paliza al novato. Un tercer mono fue cambiado y se repitió el hecho. Así, hasta completar los seis. Ahora había seis monos que, aún cuando nunca recibieron un baño de agua fría, continuaban golpeando a aquel que intentase llegar a las bananas.

Las bananas siguen colgadas del techo. La escalera aún está ahí. ¿No será hora de animarse a comprobar si el chorro de agua fría sigue allí afuera? Vale la pena hacer el intento.

Lic. Gustavo Masutti Llach
Buenos Aires, Abril de 2012



Notas


1.- Leading scientists still reject God. En: Nature, Vol. 394, No. 6691, p. 313 (1998) © Macmillan Publishers Ltd.

2.- Ecklund, Elaine Howard y Elizabeth LongScientists and Spirituality. En: http://socrel.oxfordjournals.org/content/early/2011/02/16/socrel.srr003.abstract?sid=f79b7901-246d-4188-a3f0-fd8f779d05ed

3.- Bourdieu, PierreEl campo científico. Publicado originalmente en Actes de la recherche en sciences sociales, No. 1-2, 1976, bajo el título Le champ scientifique. Traducción de Alfonso Buch, revisada por Pablo Kreimer. Versión on line: http://www.iec.unq.edu.ar/pdf/revista/RedesNro%2002/02.07.%20Dossier,%20El%20campo%20cientifico%20(Pierre%20Bourdieu).pdf

4.- Austin, James: Zen and the Brain: Toward an Understanding of Meditation and ConsciousnessLos Angeles, MIT Press, 1998.

5.- Wallace, WalterLa lógica de la ciencia y la sociologíaAlianza Editorial. Madrid. 1980.

6.- Pauka, Tom y Rein Zunderdorp. De banaan wordt bespreekbaar. Nijgh en van Ditmar, 1988. Citado por Paenza, Adrián, en: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-65739-2006-04-18.html


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